No sé cuantos blogs he titulado con esta palabra, en cuantas fotos la habré puesto (siempre con una bonita Helvética, por supuesto), cuantas veces la habré tarareado, y cuantas veces la habré pronunciado mal. Pero la palabrita me persigue y me persigue y se queda taladrando mi cabeza. Y yo también puedo llevar un halo en ciertos momentos, transparente para algunos, y 'no tanto' para otros. Y no, no es por la canción de Beyoncé, aunque bueno, la cancioncilla tampoco está tan mal. Y no sé por qué, ni qué tienen los domingos, que jamás puedo dormir, y me quedo pensando y pensando hasta que el agotamiento me golpea con su mejor gancho derecho y me deja tumbado en mi ring particular. Y me sorprende ver, que cuanto más quiero decir una cosa, más vueltas le doy y acabo convirtiendo todo en un gran brainstorming, pero bueno, he aprendido que es una práctica de la que se pueden sacar cosas muy interesantes en limpio. Más limpio que yo tras tres días sin cepillarme los dientes, claro. Y escribo y escribo y dejando la mente en blanco llego a la conclusión que no me da ningún gusto que me llamen a las 8h34 de la mañana para cantarme las cuarenta. Y cuarenta entre diez son cuatro, dos y dos. Y uno, son cinco. Cinco. Y vainilla, y turrón. Y cheesecake. Y seis. Y después del seis viene el siete. Y dicen que el siete es el número de la suerte. Y quién me quiera entender que me entienda. Y quién no, que se calle, que si no... le parto la boca.